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Datos personales: el petróleo del siglo XXI que casi nadie controla

La economía digital se sostiene sobre un recurso invisible pero omnipresente: los datos personales. Desde hábitos de consumo hasta ubicación, salud o preferencias políticas, la información que generan miles de millones de personas se convirtió en el insumo clave del poder económico y tecnológico, con escaso control ciudadano y regulaciones que corren detrás de los hechos.

Datos personales: el petróleo del siglo XXI que casi nadie controla
Datos personales: el petróleo del siglo XXI que casi nadie controla

Cada clic, cada búsqueda y cada desplazamiento con el teléfono en el bolsillo produce datos. A diferencia de otros recursos estratégicos, los datos personales no se extraen de la tierra, sino de la vida cotidiana. Por eso muchos analistas los definen como el petróleo del siglo XXI: alimentan modelos de negocio multimillonarios, concentran poder y generan profundas asimetrías entre quienes los producen —los usuarios— y quienes los explotan.


La economía de los datos: un negocio gigantesco

Las grandes plataformas digitales basan su rentabilidad en la recolección, procesamiento y monetización de datos personales. Según estimaciones de la OCDE, más del 70 % del valor de las principales empresas tecnológicas proviene directa o indirectamente del uso intensivo de datos. Publicidad segmentada, perfiles de consumo, predicción de comportamientos y entrenamiento de modelos de inteligencia artificial dependen de volúmenes masivos de información.

El usuario, en cambio, rara vez percibe el valor real de lo que entrega. El intercambio suele presentarse como “servicios gratuitos”, cuando en realidad el pago se realiza con información personal.


Tratamiento y uso de datos personales | La Ibero

Quién gana y quién pierde

Los grandes ganadores son las Big Tech, que concentran infraestructura, talento y capacidad de análisis. También se benefician sectores como el financiero, el asegurador y el comercio electrónico, que utilizan datos para reducir riesgos y maximizar ganancias.

Los perdedores son múltiples. Por un lado, los usuarios, que pierden control sobre su información, muchas veces sin saber cómo se utiliza o con quién se comparte. Por otro, los Estados, que ven limitada su capacidad de fiscalización frente a empresas que operan a escala global. A esto se suman riesgos concretos: discriminación algorítmica, manipulación política, filtraciones masivas y vigilancia indebida.


Consentimiento: una ficción legal

La base legal del sistema es el consentimiento. Sin embargo, en la práctica, aceptar términos y condiciones extensos e incomprensibles se volvió un acto automático. Diversos estudios académicos muestran que menos del 1 % de los usuarios lee efectivamente esas políticas, lo que cuestiona la validez real de ese consentimiento.

Así, la responsabilidad se traslada al individuo, mientras el diseño de las plataformas favorece la aceptación sin alternativas reales.

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