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El fin de la privacidad tal como la conocemos

Del reconocimiento facial a los neurodatos, la captura de información personal avanza a un ritmo más rápido que las leyes que deberían regularla. Sensores, algoritmos y plataformas digitales ya recolectan datos íntimos sin que los usuarios siempre lo adviertan, redefiniendo los límites de la privacidad en la era digital.

El fin de la privacidad tal como la conocemos
El fin de la privacidad tal como la conocemos

De los datos personales a los datos sensibles

Durante años, el debate sobre privacidad giró en torno a correos electrónicos, historial de navegación o ubicación. Hoy, el escenario es más profundo. Tecnologías cada vez más extendidas permiten recolectar datos biométricos —huellas dactilares, rostro, voz, patrón de marcha— y avanzar hacia una nueva frontera: los neurodatos, es decir, información vinculada a la actividad cerebral, las emociones o la atención.

Según la ONU, los datos biométricos se consideran datos personales sensibles, porque no pueden modificarse ni reemplazarse como una contraseña. Aun así, su uso se expandió de forma acelerada en aeropuertos, sistemas de seguridad, aplicaciones móviles y plataformas de consumo masivo.

Biometría cotidiana: cuando el cuerpo es la contraseña

El reconocimiento facial y de huellas se volvió parte de la vida diaria. Desbloquear un teléfono, ingresar a una oficina o pasar un control migratorio implica ceder rasgos físicos únicos. Empresas tecnológicas aseguran que estos sistemas mejoran la seguridad y la experiencia del usuario, pero expertos en derechos digitales advierten que una filtración biométrica es irreversible.

Investigaciones académicas demostraron además que muchos sistemas de reconocimiento facial presentan sesgos de género y origen étnico, con mayores tasas de error en mujeres y personas no blancas. Estos fallos no son neutros: pueden derivar en detenciones erróneas, exclusión de servicios o vigilancia selectiva.


10 consejos para proteger tu privacidad online | Blog oficial de Kaspersky

Neurodatos: la nueva frontera invisible

Más silencioso, pero potencialmente más invasivo, es el avance sobre los neurodatos. Dispositivos de consumo como cascos de electroencefalografía, wearables y aplicaciones de bienestar ya son capaces de inferir niveles de estrés, atención o fatiga. En entornos laborales y educativos, algunas empresas experimentan con estas tecnologías para medir rendimiento o concentración.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) advirtió que los neurodatos pueden revelar información extremadamente íntima, como estados emocionales o predisposición a ciertas conductas, sin que exista un marco legal específico que los proteja en la mayoría de los países.


Consentimiento que no siempre es consciente

Uno de los mayores problemas es el consentimiento. Gran parte de esta recolección de datos ocurre a través de términos y condiciones extensos y poco claros, que los usuarios aceptan sin comprender su alcance. En muchos casos, los datos no solo se usan para el servicio original, sino que se combinan, analizan y comercializan con terceros.

El Reglamento General de Protección de Datos (GDPR) europeo es uno de los pocos marcos que intenta poner límites claros, pero incluso allí los organismos de control reconocen dificultades para fiscalizar tecnologías emergentes.


Privacidad, poder y asimetría

La acumulación masiva de datos sensibles genera una asimetría de poder entre ciudadanos, empresas y Estados. Quien controla los datos puede influir en decisiones de consumo, acceso a servicios, publicidad política e incluso vigilancia social. Casos de uso indebido de datos personales en campañas electorales demostraron que la privacidad ya no es solo un derecho individual, sino un pilar de la democracia.


¿Un derecho en retroceso?

El fin de la privacidad no es inevitable, pero sí exige nuevas reglas, mayor transparencia y debate público. Regular biometría y neurodatos, exigir explicaciones claras y limitar usos abusivos será clave para evitar que la innovación tecnológica avance más rápido que los derechos fundamentales.

En la era digital, proteger la privacidad ya no significa ocultar datos, sino decidir quién puede acceder a lo más íntimo de nuestra identidad y con qué límites. La pregunta no es qué información pueden capturar las tecnologías, sino qué estamos dispuestos a permitir como sociedad.

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