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La red eléctrica, el eslabón olvidado de la transición verde

La expansión de las energías renovables avanza a ritmo récord, pero la infraestructura que debe transportarlas y gestionarlas crece mucho más lento. Sin redes eléctricas modernas, digitalizadas y flexibles, la transición verde corre el riesgo de quedar atrapada en un cuello de botella silencioso, lejos de los paneles solares y aerogeneradores que dominan el debate público.

La red eléctrica, el eslabón olvidado de la transición verde
La red eléctrica, el eslabón olvidado de la transición verde

Renovables sin autopistas eléctricas

En la última década, la capacidad instalada de energías renovables se duplicó a nivel global. Solo en 2023 se añadieron más de 500 GW de nueva potencia renovable, según datos de organismos internacionales del sector energético. Sin embargo, las redes eléctricas no acompañaron ese crecimiento: muchas fueron diseñadas para un sistema centralizado, con grandes centrales térmicas y flujos de energía previsibles.

Hoy el escenario es otro. La generación es distribuida, intermitente y bidireccional. Paneles solares en techos, parques eólicos alejados de los centros urbanos y baterías domésticas inyectan energía en redes que no siempre están preparadas para gestionarla. El resultado: congestión, vertidos de energía renovable y retrasos en nuevas conexiones.


El costo oculto de no invertir

El problema no es teórico. En Europa, proyectos eólicos y solares ya enfrentan esperas de hasta cinco años para conectarse a la red. En Estados Unidos, más del 70 % de los nuevos proyectos renovables permanece en listas de espera por falta de capacidad de transmisión. Son inversiones listas para producir energía limpia, pero detenidas por infraestructura insuficiente.

La Agencia Internacional de la Energía estima que será necesario duplicar la inversión anual en redes eléctricas antes de 2030, hasta superar los USD 600.000 millones por año, si se quiere cumplir con los objetivos climáticos. Sin esa expansión, la transición no se frena por falta de energía verde, sino por falta de cables.


Por qué es tan importante que las redes eléctricas sean estables

Smart grids: la inteligencia que falta

Aquí entra en juego la digitalización de la red. Las llamadas smart grids incorporan sensores, sistemas de medición inteligente, automatización y análisis de datos en tiempo real. No solo transportan electricidad: la gestionan.

Gracias a estas tecnologías, es posible anticipar picos de demanda, integrar mejor fuentes intermitentes y reducir pérdidas. También permiten esquemas como la respuesta de la demanda, donde consumidores industriales o residenciales ajustan su consumo según la disponibilidad de energía renovable. Sin embargo, su adopción avanza de forma desigual y enfrenta barreras regulatorias, falta de estándares y escasez de personal especializado.


Digitalización sí, pero también resiliencia

La modernización de la red trae nuevos riesgos. Una red más digital es también más vulnerable a ciberataques. En los últimos años, los ataques a infraestructuras energéticas crecieron en sofisticación y frecuencia. Proteger la red eléctrica se volvió una cuestión de seguridad nacional, no solo de eficiencia energética.

Además, el cambio climático incrementa la presión física sobre la infraestructura: olas de calor, tormentas extremas e incendios afectan líneas de transmisión y subestaciones. Una red verde que no sea resiliente es una contradicción en sí misma.


El cuello de botella invisible

Mientras el debate público se concentra en cuántos parques solares o aerogeneradores se construyen, la red eléctrica sigue siendo el eslabón menos visible y menos atractivo políticamente de la transición. No tiene el impacto simbólico de una turbina ni el glamour tecnológico de una batería de litio, pero sin ella no hay sistema energético limpio posible.


Conclusión: sin red, no hay transición

La transición verde no es solo una cuestión de generación, sino de sistema. Invertir en redes eléctricas modernas, inteligentes y seguras es tan urgente como desplegar renovables. Ignorar este punto es apostar a una transición incompleta, donde la energía limpia existe, pero no siempre puede llegar a donde se la necesita. En la carrera por descarbonizar la economía, la red eléctrica dejó de ser un detalle técnico: es el verdadero cuello de botella del futuro energético.

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