Opinión
Autódromo de Buenos Aires: ¿Por qué duele tanto una obra que es una buena noticia?
La modernización del Gálvez entusiasma porque lo devolverá al mapa internacional, pero duele porque llegó de golpe y se llevó símbolos que marcaron generaciones. Una obra positiva que, inevitablemente, se vive como despedida.
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El autódromo "Oscar y Juan Gálvez" atraviesa una de esas transformaciones que no se miran solo con entusiasmo. No porque la modernización sea un problema, sino porque el costo emocional aparece cuando el cambio se lleva puestos lugares que funcionaban como puntos de referencia para generaciones de fanáticos. En ese contexto, el sonido de las máquinas no se parece al de un fin de semana de carrera: marca el inicio de una etapa nueva, pero también confirma que nada de lo que parecía fijo lo era tanto.
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El dolor no nace de una postura conservadora ni de una resistencia caprichosa. Nace de ver cómo se desarman referencias culturales del automovilismo argentino. Los boxes, la vieja Tribuna 15, sectores del trazado que durante décadas organizaron la experiencia del fanático -la forma de mirar, de caminar, de esperar, de festejar- empiezan a desaparecer o a cambiar de lugar. Y cuando eso ocurre de manera abrupta, la reacción es inevitable: el impacto emocional se multiplica.
Desde su inauguración en 1952, el Gálvez no tuvo una historia de reformas constantes. Al contrario: atravesó décadas donde el tiempo parecía pasarle por encima más rápido que las inversiones. Si se mira su recorrido con distancia, se puede sostener que solo hubo dos momentos de obras realmente profundas: la gran remodelación de los años 90, asociada al regreso de la Fórmula 1, y la que está ocurriendo ahora.
Ese dato, que podría ser anecdótico, explica mucho. En varios autódromos “old school” del mundo -los que siguen en el calendario grande- las modificaciones son frecuentes. A veces pequeñas, a veces importantes, pero continuas. Eso genera un efecto psicológico: el circuito evoluciona sin que el público sienta que le arrancaron la casa de golpe. En Buenos Aires pasó lo contrario: se acumuló atraso, se acumuló deterioro, se acumuló frustración… y de pronto llegó una reforma total. El salto es tan grande que no se procesa como “actualización”, sino como “ruptura”.
En este contexto, ver cómo se derriban sectores emblemáticos no es un detalle, es el corazón del conflicto. La Tribuna 15 no era solo una tribuna: era un símbolo del automovilismo popular, del folclore, del color y de la manera argentina de vivir una carrera. Los boxes tampoco eran únicamente una estructura funcional: eran parte del paisaje emocional de varias generaciones. Había rituales asociados a esos lugares, recorridos repetidos, fotos familiares, puntos de encuentro. No se demuele solamente cemento: se demuelen coordenadas afectivas.
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Por eso el cambio genera un tipo particular de descontento. No es una protesta organizada contra la modernización. Es una mezcla de tristeza, incredulidad y desorientación. Como si alguien hubiese movido los muebles de la infancia sin avisar.
Y ahí aparece el componente decisivo: la velocidad del cambio. Si esta transformación hubiese sido gradual, tal vez el impacto emocional sería menor. El fanático habría tenido tiempo de despedirse, de acostumbrarse, de entender el “antes” y el “después” como parte de un proceso. Pero la sensación actual es que todo ocurrió de golpe. Y lo abrupto, en temas de identidad, siempre se vive como agresión, aunque sea inevitable.
Hay otro factor que no se puede ignorar: la desconfianza. En Argentina, cuando se anuncia una obra grande, la gente no solo se pregunta “qué van a hacer”, sino “si lo van a terminar”. Ese descreimiento tiene raíces concretas. El autódromo pasó por períodos donde su destino pareció incierto, donde la desinversión lo empujó a una zona gris, y donde se instaló la sensación de que el Gálvez podía convertirse en un lugar abandonado, un “elefante blanco” con historia gloriosa y presente descuidado.
Por eso, parte del enojo no es por el cambio en sí, sino por el temor a que el cambio quede inconcluso. El problema no sería perder la Tribuna 15; el problema sería perderla y no ganar nada a cambio. Esa es la pesadilla que flota en la conversación pública: el autódromo desarmado, a medias, sin el pasado y sin el futuro.
La manera de desactivar ese miedo no es discutir sentimientos. Es mostrar hechos: etapas definidas, avances visibles y una comunicación clara sobre qué se hace y cuándo. En obras así, la confianza no aparece por decreto; se gana paso a paso, con señales concretas que el público pueda ver con sus propios ojos.
También hay un punto que genera confusión genuina. El Gálvez tiene múltiples variantes de circuito que funcionan muy bien para el automovilismo local. Son parte de su encanto: trazados rápidos, combinaciones históricas, curvas con personalidad. El fanático argentino se enamoró del circuito 12, de su velocidad, de su carácter. Se enamoró de sectores que ya no se diseñan así.
Pero las categorías internacionales -MotoGP y Fórmula 1, especialmente- responden a otro paradigma. Sus exigencias no son estéticas ni románticas: son de seguridad, logística, homologación y estándares globales. No se trata de “ponerlo lindo” ni de “hacerlo distinto porque sí”. Se trata de cumplir con requisitos que, en algunos casos, chocan de frente con lo que el público idealiza.
Esto no significa que el fanático esté equivocado por sentir. Significa que la discusión tiene que incluir una capa racional: el regreso al mundo exige adaptaciones. Algunas son dolorosas. Muchas son inevitables.
Y ahí aparece la tensión central: el corazón quiere conservar; la cabeza entiende que, si la meta es volver a jugar en primera, hay que aceptar reglas que no se inventaron en Buenos Aires.
En ese marco, la modernización del autódromo puede convertirse en una de las grandes noticias deportivas de la década. Que Buenos Aires apunte a recibir desde 2027 eventos internacionales -con el regreso del MotoGP como puerta de entrada y la posibilidad de sumar otras categorías como el WEC o incluso soñar con la Fórmula 1- es un cambio de escala.
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Pero el futuro no se sostiene solo con obra. Se sostiene con un pacto cultural: modernizar sin negar lo que se fue. No se puede pedirle a la gente que “no sienta”. Se puede, en todo caso, acompañar ese sentimiento con una narrativa honesta: reconocer que se pierde algo valioso, explicar por qué se pierde, y demostrar con hechos que la pérdida construye un futuro concreto y mejor.
La clave, entonces, no es elegir entre pasado y futuro. Es evitar que el futuro se construya como si el pasado estorbara.
Sí, se va a extrañar la S del Ciervo. Sí, se va a extrañar la Tribuna 15. Sí, el circuito 12, tal como se lo conoció, quedará en el álbum emocional del automovilismo argentino. No hace falta exagerarlo: esos lugares tenían alma.
Pero también es cierto que durante años se reclamó un autódromo cuidado, actualizado, digno. Durante años se señaló el deterioro, la falta de inversión, la sensación de oportunidad perdida. Este proceso, con todo su costo emocional, responde a esa demanda histórica.
La pregunta, entonces, no es si duele. Duele. La pregunta real es qué hacemos con ese dolor. Se puede quedar en la queja -como si existiera marcha atrás- o se puede convertir en responsabilidad: pedir que la obra se complete, pedir que se haga bien, pedir que se preserve la memoria de manera inteligente y respetuosa.
Porque la modernización no debería implicar amnesia. El Gálvez puede ser nuevo sin dejar de ser el Gálvez. Puede incorporar infraestructura de clase mundial y, al mismo tiempo, honrar sus símbolos. Puede generar nuevos recuerdos sin burlarse de los viejos.
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El autódromo está cambiando. La emoción del público, también. No es una tragedia: es un cierre de etapa. Y si algo enseña el automovilismo es que las curvas se negocian mejor cuando se mira lejos. El pasado merece respeto. El futuro merece trabajo. Y el presente tiene un mandato claro: que Buenos Aires recupere un autódromo moderno sin perder lo más importante: la pasión que lo llenó siempre, y que lo va a llenar otra vez.