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El TC modernizó los autos, pero todavía debe actualizar su forma de conducir

La postura de la ACTC frente al reclamo de algunos equipos volvió a exponer una tensión de fondo: el TC se profesionalizó, pero su conducción todavía parece tratar a las estructuras como actores secundarios.

El TC modernizó los autos, pero todavía debe actualizar su forma de conducir
El TC modernizó los autos, pero todavía debe actualizar su forma de conducir

El Turismo Carretera hizo algo que parecía imposible: cambió sin dejar de ser el TC. Se animó a modificar autos, aceptar nuevas siluetas, discutir tecnologías, convivir con estructuras cada vez más grandes y sostener un espectáculo que todavía mueve multitudes. La categoría entendió que para sobrevivir no alcanzaba con la nostalgia. Había que actualizarse. El problema es que esa modernización parece haber llegado hasta la puerta de la dirigencia y ahí se quedó esperando turno.

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La postura de Hugo Mazzacane, presidente de la Asociación Corredores Turismo Carretera, frente al reclamo de algunos equipos volvió a dejar flotando una incomodidad que explica mucho del presente. Para una parte de la conducción, las estructuras todavía parecen ocupar un lugar subordinado: corren, invierten, preparan autos, llevan sponsors, ponen empleados, arman camiones, pagan hoteles, compran neumáticos, reconstruyen autos rotos y sostienen el show, pero cuando intentan organizarse para plantear problemas comunes la reacción institucional no siempre parece ser abrir la discusión, sino marcarles el límite de su lugar.

Ahí está el punto. El Turismo Carretera actual ya no puede conducirse como si los equipos fueran simples invitados al espectáculo. No lo son. Hace rato dejaron de serlo.

La ACTC es, por historia y por estatuto, una asociación nacida alrededor de los pilotos. Eso forma parte de su identidad y nadie debería discutirlo. El TC siempre tuvo en los corredores su cara más poderosa: los ídolos, los campeones, los apellidos, las hinchadas, los duelos que atraviesan generaciones. Pero reducir la categoría moderna únicamente a la figura del piloto es mirar una foto vieja en un mundo que cambió de cámara, de lente y hasta de idioma.

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Hoy detrás de cada piloto hay una empresa deportiva. Hay estructuras que manejan presupuestos enormes, personal especializado, proveedores, ingeniería, logística, acuerdos comerciales y responsabilidades laborales. Hay equipos que no solo preparan autos: administran una parte central del producto Turismo Carretera. Aunque el domingo el titular se lo lleve el piloto que gana, la carrera también la hacen posible quienes pasan la semana peleando con los costos, la técnica, los viajes, los sponsors y los imprevistos. Sin esos equipos, el TC no tiene épica. Tiene recuerdos.

Por eso el reclamo de algunas estructuras no debería leerse como una insolencia ni como una conspiración de boxes. Pedir una reunión para hablar de costos, calendario, credibilidad técnica y condiciones de trabajo no es algo malo. Es hacer algo bastante más elemental: defender una inversión y pedir que la categoría funcione con criterios acordes al tamaño que dice tener.

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El problema es que el TC conserva una cultura política donde muchas veces cualquier pedido colectivo se interpreta como una amenaza. Si un equipo plantea algo en privado, se lo escucha o se lo administra. Si varios equipos empiezan a hablar entre ellos, el asunto cambia de temperatura. Y si además lo hacen por escrito, entonces ya no parece una inquietud: parece una osadía. Esa reacción dice más sobre el sistema que sobre los equipos.

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Porque el automovilismo moderno no funciona con obediencia ciega. Funciona con acuerdos, reglas claras, previsibilidad y confianza. La autoridad sigue siendo necesaria, desde ya. Una categoría sin conducción es un shopping de intereses cruzados. Pero conducción no significa verticalismo permanente ni reflejos de patrón de estancia. Conducir también es escuchar antes de que el incendio llegue al techo.

El TC puede cambiar carrocerías, reglamentos y formatos, pero si no actualiza su lógica dirigencial corre el riesgo de quedar partido en dos: autos de 2026 administrados con reflejos de otra época. Y eso tarde o temprano se nota. Se nota en los equipos que hablan en voz baja. Se nota en los sponsors que preguntan más por internas que por resultados. Se nota en los pilotos que calculan cada palabra. Se nota en los fanáticos que ya no compran cualquier explicación envuelta en tradición.

La grandeza del Turismo Carretera nunca estuvo solo en su pasado. Estuvo en su capacidad para seguir siendo popular a pesar de los cambios del país, de la industria, de los medios y del público. Pero esa misma grandeza exige estar a la altura. No alcanza con decir que la entidad es de los pilotos si, en la práctica, muchos protagonistas sienten que tienen más voz en un box que en las decisiones importantes. Tampoco alcanza con atender la puerta si lo que se necesita es abrir una mesa de verdad.

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Los equipos no deberían ocupar el lugar de enemigos internos. Tampoco de súbditos agradecidos. Son socios estratégicos de la categoría, aunque esa palabra incomode a quienes todavía prefieren una estructura más vertical. Y si algunos se animan a plantear que el calendario debe ser más racional, que los costos necesitan revisión o que la credibilidad técnica debe reconstruirse, la respuesta inteligente no es preguntarse si corresponde escucharlos. La respuesta inteligente es preguntarse por qué llegaron a sentir que no había otro camino.

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El TC ya demostró que puede actualizar sus autos sin perder identidad. Ahora le falta demostrar algo más difícil: que también puede actualizar su conducción sin sentir que pierde autoridad.

Porque escuchar a los equipos no debilita a la ACTC. La debilidad aparece cuando una institución confunde autoridad con encierro, tradición con inmovilidad y conducción con obediencia. El Turismo Carretera sigue siendo demasiado grande como para quedar atrapado en esa confusión.

Los pilotos seguirán siendo la cara del TC. Eso no va a cambiar. Pero el automovilismo actual se sostiene con muchos protagonistas, no con una sola mirada. El que no entienda eso no está defendiendo la historia de la categoría. Está administrando su propio atraso. Y al TC, que ya se animó a cambiar tanto, no le vendría nada mal actualizar también esa parte.

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