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Correr al límite sin pasarse de la raya

Gabriel Ponce de León y Franco Vivian llevaron la definición del TC2000 en Toay hasta la última curva. Se atacaron, se defendieron y terminaron separados por 249/1000, sin un toque ni una polémica. Una demostración de por qué la experiencia sigue siendo irremplazable.

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Correr al límite sin pasarse de la raya

No hizo falta un toque, una denuncia ni una visita a los comisarios deportivos. Gabriel Ponce de León y Franco Vivian cruzaron la meta en Toay separados por apenas 249/1000 después de disputar las últimas vueltas al límite. Uno ganó. El otro perdió. Ninguno necesitó convertir la carrera en una polémica para demostrar cuánto quería la victoria.

En una época en la que el automovilismo parece obligado a explicar todo a través de la potencia, la aerodinámica, los neumáticos o los datos, el final de la sexta fecha del TC2000 devolvió a los pilotos al centro de la escena. Los SUV de la categoría tienen 500 caballos, efecto suelo y visitaron un circuito que invita a acelerar durante buena parte de la vuelta.

Pero el duelo no lo resolvió una ficha técnica. Lo resolvieron dos hombres con experiencia, oficio y una idea muy clara de hasta dónde se puede llegar sin pasarse de la raya. Ese fue el verdadero valor de la pelea. No solamente que llegaran juntos. También cómo llegaron.

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La experiencia suele confundirse con prudencia. Como si acumular carreras sirviera únicamente para bajar el ritmo, sumar puntos y evitar problemas. Ponce de León y Vivian mostraron exactamente lo contrario: cuando el conocimiento se combina con hambre de victoria, permite correr más cerca del límite porque ayuda a reconocer dónde está.

Vivian largó quinto con el Chevrolet Tracker del Proracing y avanzó hasta quedar detrás del líder. No llegó a esa posición por simple decantación. Superó rivales, fue construyendo su carrera y, cuando tuvo a Ponce de León a tiro, no aceptó el segundo lugar como un buen negocio. Fue por la victoria.

Lo intentó varias veces. Cambió trayectorias, preparó las salidas de las curvas y apareció por distintos sectores. En las vueltas finales llegó a ponerse a la par del Toyota Corolla Cross del Corsi Sport. Atacó con decisión, pero nunca convirtió esa insistencia en una maniobra ciega. No tiró el auto desde una distancia imposible ni dejó librado al azar lo que pudiera ocurrir después.

Eso también es agresividad. La buena. La que obliga al rival a no equivocarse y mantiene a todos mirando la carrera, pero no le entrega el desenlace a un golpe de suerte. Vivian hizo todo lo que estaba en sus manos para ganar. Cuando no alcanzó, aceptó que el otro había hecho mejor su parte. Perder así no empequeñece a nadie. Al contrario.

Ponce de León había entendido antes que nadie cuándo debía dejar de correr contra Marcelo Ciarrocchi. Al enterarse de que el entonces líder había recibido un pase y siga por falsa largada, levantó el ritmo y dejó de gastar los neumáticos en una pelea que la sanción iba a resolver. No fue especulación. Fue lectura de carrera.

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Ese margen que guardó apareció cuando más lo necesitó. Vivian llegó desde atrás con ritmo y decisión, pero encontró a un rival que todavía tenía con qué responder. Ponce de León cerró los espacios, eligió con precisión dónde colocar el Toyota y defendió cada metro sin cometer un error.

Hay una diferencia enorme entre defender una posición y sacar al otro de la pista. El piloto experimentado la conoce. Sabe que tiene derecho a elegir la trayectoria y a cerrar una puerta, pero también entiende que un rival puesto a la par ya forma parte de la curva. Ponce de León fue firme sin ser desleal. Le hizo difícil cada intento a Vivian, no imposible por la fuerza.

La defensa fue tan intensa como limpia. No hubo volantazos tardíos, golpes ni maniobras que obligaran a esperar una resolución desde un escritorio. Hubo un piloto mirando hacia adelante y, al mismo tiempo, calculando en los espejos por dónde podía aparecer el otro. A más de 200 km/h y con la carrera en juego, esa precisión vale tanto como una vuelta rápida.

El automovilismo moderno ha convertido demasiadas veces una buena lucha en un expediente. Un roce termina en acusaciones, una defensa se discute durante días y el que pierde busca en las cámaras la sanción que pueda cambiar lo que ocurrió en la pista. A veces corresponde. Muchas otras, el ruido posterior tapa lo mejor de la carrera.

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En Toay no ocurrió. Ponce de León y Vivian no necesitaron inventar una enemistad para darle dramatismo al duelo. Se trataron como rivales, no como enemigos. El respeto no les hizo levantar el pie ni regalarse una posición. Les permitió exigirse con la confianza de que ninguno iba a hacer una locura.

Ahí aparece otra virtud de los pilotos con experiencia. Conocen el costo de una maniobra mal calculada, pero también el valor de una oportunidad. Saben perder sin buscar excusas y ganar sin humillar al que terminó detrás. Entienden que el adversario no arruina la carrera: la hace posible.

Vivian necesitó de la defensa de Ponce de León para que su remontada tuviera dimensión. Ponce de León necesitó de los ataques de Vivian para que su triunfo fuera mucho más que aprovechar la penalización de Ciarrocchi. Cada uno elevó la actuación del otro.

Por eso las 249/1000 dicen mucho más que la diferencia oficial. Fueron el espacio mínimo entre dos maneras de correr: la del que venía avanzando y se negó a rendirse, y la del que supo cuidar antes de defender con todo. Ninguna anuló a la otra. Se encontraron en la pista y produjeron el mejor momento del fin de semana.

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Toay no una pelea desordenada ni un festival de golpes presentado como espectáculo. Fue velocidad con control. Ambición con respeto. Dos pilotos llevando autos de 500 caballos hasta el límite y regresando de allí sin romperlos, sin acusarse y sin deberse nada.

Ponce de León ganó porque tuvo la inteligencia de guardar cuando la carrera se lo pidió y la firmeza de resistir cuando ya no había nada que cuidar. Vivian perdió por 249/1000 después de remontar, atacar y obligar al ganador a completar una última vuelta perfecta. Los dos hicieron honor a su experiencia.

Esta vez ganó Ponce de León. Pero también ganó una forma de correr. La de dos caballeros que se dieron todo, se dejaron el espacio indispensable y aceptaron el resultado cuando cayó la bandera. Los SUV pusieron los 500 caballos y el efecto suelo. Ellos agregaron lo único que no se puede fabricar en un taller: jerarquía.

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